Retrovader


Año 2000. Reunión secreta de poderosos españoles (o sea, ricos) en algún lugar lujoso pero siniestro.

– Señores, creo que debemos profundizar en un tema que se está convirtiendo en una obsesión para muchos de nosotros.

– ¿El de seguir enriqueciéndonos a costa de la chusma y que, aún así, nos idolatren y nos saquen en sus revistillas de moda?

– No hombre, no. Eso es muy fácil y se hace a nivel global; como son idiotas… Me refiero al otro tema, el de los feos.

– Gran idea. Pongamos fin de una vez al horror hecho carne deambulando por las calles.

– Es que no puede ser, son tan vulgares… Te asomas a la ventana y ya te han dado el día. No tienen sentido del decoro ni el más mínimo concepto estético. Son feos, coño ¡y casi todos morenos!

– Qué buen apunte ése del color del pelo. Podríamos empezar por ahí, ¿no?

– Pues sí, no estaría mal. Habría que urdir un plan para modificar el gen moreno de todos los embriones que podamos.

– ¿Plan? ¿Qué plan? Se obliga a todos los hospitales a que lo hagan y fuera. Tenemos el poder en nuestras manos, así que no hay más que hablar: ninguna mujer española volverá a parir un niño moreno, jojojojo.

– ¡Excelente! Hay que eliminar a esos monstruos perturbadores del entorno pero ya. Es que no hay día en el que no piense varias veces en arrancarme los ojos para dejar de sufrir.

– Tendremos que tener un poco de paciencia, pero en unos 10 años todos los niños serán rubios. Y dentro de pocas generaciones todos los morenos habrán muerto ya. A la mierda con ellos. Al menos mis nietos no tendrán que soportar el horror que estoy soportando yo.

– Serán rubios, sí. Pero además nos encargaremos de que quieran imitar nuestra forma de vestir, nuestros peinados, nuestros coches, nuestras casas… Hagamos de este país un lugar menos asqueroso.

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La Academia abre de nuevo sus puertas. Bienvenidos.

Estas vacaciones no teníamos preparada ninguna misión especial, así que la idea era, sobre todo, descansar. Pero enseguida algo llamó mi atención, perturbando el descanso y la tranquilidad tan ansiada por esta pobre aspirante a heroína:

EL 90% DE LOS NIÑOS ESPAÑOLES DE AHORA SON RUBIOS

Eso es así. Les pido, por favor, que salgan a la calle y se fijen. ¡Es asombroso!

Sí, ya sé que me dirán que no me habré recorrido toda la geografía española para comprobarlo. Es cierto. Pero sí he visitado 5 de nuestras Comunidades Autónomas y el resultado en todas ellas ha sido el mismo: niños rubios en los parques, en los bares, en las calles… ¡una plaga! Si era hijo único, era rubio. Si eran varios hermanos, casi todos rubios (en ese caso había alguna excepción con alguno de los hermanos varones castaños, pero si había alguna chica el 100% de los casos se trataba de niñas rubias).

No crean que estoy loca. Hace tiempo acudió a la Academia un grupo de personas con cierto estado de nerviosismo porque, según decían, habían visitado la localidad madrileña de Majadahonda y se habían percatado de que todos los niños allí eran rubios. Sostenían la alocada teoría de que sus padres estaban dedicándose a teñirles el pelo y nos intentaron convencer de que investigáramos tan insólita situación. Por supuesto, no les hicimos caso. ¡Ahora me arrepiento!

Quién me iba a decir a mí que no se trataba de tintes, sino de una más que segura manipulación genética generalizada (a no ser, claro está, que los nuevos padres se estén dedicando a sacrificar a sus crías si les salen morenas, que también puede ser). Todos rubios, todos impolutos, todos disfrazados de niños de anuncio ¡estas vacaciones han sido un infierno!

el pueblo de los malditos 1995

Año 2011. Niños españoles.

Sin embargo, mi infancia fue bien distinta. Los rubios eran minoría. De hecho, si eras rubio rápidamente te empezaban a llamar “el rubio”, ¡fíjense si eran raros!

Y no sólo eso. En mi infancia los niños no sólo éramos morenos. Además lucíamos cosas que ya no se ven en los niños-anuncio rubios de ahora:

1.- Parche en el ojo.

Parche ojo

 

2.- Mocos todo el tiempo.

Mocos

 

3.- Heridas en las rodillas decoradas con mercromina.

Herida

4.- Dientes partidos.

98396876

5.- Algodón colgado de la nariz para que dejara de sangrarte.

Algodon nariz 

Pero ahora no llevan nada de eso. Son una plaga, son ideales de la muerte y pretenden que los morenos nos extingamos. ¡Hay que hacer algo!

No permitamos que sigan modificando embriones para crear niños rubios o que sacrifiquen a más niños morenos. Si es usted moreno y tiene previsto procrear, no se enfade si no le sale un niño rubio. Recuerde que un niño moreno también tiene cosas buenas, ¡piénselo antes de sacrificarlo!

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Ferreteria1

El ferretero era ese comerciante entregado cuya labor consistía en humillarnos, poniendo de manifiesto nuestra ignorancia sobre el misterioso -y atractivo- mundo de la tornillería, los cables y todos los materiales que hay sobre la faz de la ferretería.

Si hay algo que puede sacar de sus casillas al ferretero, es que los clientes vayan de listos pidiéndole las cosas por su nombre técnico. Es un vocabulario prohibido para nosotros, estúpidos aspirantes a usuario de taladradora que, más pronto que tarde, organizarán un desastre en casa. Términos concretos como escuadra, tacos del 8, tornillos de rosca madera, tirafondos o ramplus no pueden salir de nuestra boca, pues para el ferretero sonarán como una bomba de relojería. Lo que él quiere -necesita- es que nos humillemos ante Dios en su ferretería y nos limitemos a decir qué coño pretendemos hacer para que él decida el sorprendente adminículo que necesitamos, abriéndonos así nuevas áreas de conocimiento que jamás habríamos sospechado.

A mí, sin embargo, siempre me gustaron las ferreterías. Allí se respira el aroma del metal mezclado con el PVC y tienen una colección tremenda de cajoncitos y habitáculos diminutos llenos de piezas multiformes. Todo está colocado en un orden establecido por el ferretero, único conocedor del paradero de cada pequeño objeto, por rebuscado que sea. Es, por tanto, lo más parecido a una botica; miren, si no, la foto que encabeza este post. No me digan que no les falta una bata blanca a esos señores.

Mi relación con el asombroso mundo de la ferretería comenzó a muy temprana edad, cuando mi padre, el Sr. Garland, decidió que ya era suficientemente mayor para hacerle recados, es decir, ya sabía andar y hablar para pedir las cosas. Como ya he dicho, la ferretería me gustaba y me intrigaba, pero el ferretero… él me daba pánico. Yo sabía que no podía fallar: tenía que salir de casa habiendo memorizado 3 cosas sin relación aparente entre si:

“Alambre – galvanizado – del 10”

ó

“Tornillo – rosca madera – del 8”

Y que solían acabar con un número que, por algún misterioso motivo, era importante, o sea, que no había salido al azar de un bombo del bingo. Es la verdad, siempre era así y memorizar tres conceptos sin significado me ponía las cosas muy difíciles. Otros ejemplos espeluznantes:

Antena y clema

El camino de casa a la ferretería era un infierno, mucho peor que enfrentarse a un examen del cole. Según me aproximaba a mi amargo destino, me asaltaban las dudas: ¿era coaxial lo que iba después de cable antena? ¿no era la palabra clema lo que iba ahí, en el medio de esa serie? ¿qué horrible tragedia podría ocurrir si cometía el error de mezclar conceptos? El caso es que, de alguna manera, conseguía entrar en la ferretería aparentando cierta seguridad. Delante del ferretero soltaba la frase memorizada pero él, cruel como sólo puede serlo un ferretero, ponía cara de fastidio y me preguntaba que para qué quería eso exactamente. Yo se lo contaba, pero él nunca estaba conforme: lo que le había pedido no servía y tenía que llevarme otra cosa. Dejaba a mi padre a la altura del betún y por eso volvía siempre a casa acojonada, pensando en la hostia que me iba a llevar por hacerle caso al ferretero. Y es que, claro, ¡a ver quién le llevaba la contraria! Pero nunca hubo represalias; el ferretero siempre llevaba razón.

Como comprenderán, con este panorama desolador enseguida llegó el momento de no querer ir a la ferretería. Yo le decía al Sr. Garland:

“jolín, ¿y por qué tengo que ir yo?”

Y él me decía: “porque…

Por cierto, que con esto queda claro que Luke es un mierda. Si a mí mi padre me hubiera confesado que era Darth Vader le habría dado un abrazo. Y si me hubiera dicho que “juntos dominaremos la galaxia”, ya es que te cagas. Y míralo, la cara de asco que pone el muy imbécil. Bueno, que me estoy desviando del tema.

En estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir, las ferreterías están desapareciendo poco a poco. Apenas quedan ferreteros auténticos, de ésos que te obligan a aprender a base de humillarte. Las multinacionales y grandes superficies están acabando con ellos.

Boikoteadores

Encima, algunos se exhiben con faltas de ortografía sin pudor alguno, publicitándose de forma masiva con esa “g” que tanto daño puede hacer a las nuevas generaciones. Luego le echan la culpa a los videojuegos, pero a mí me dan ganas de matar cuando veo estas cosas.

Y es que no podemos comparar estos engendros de autovía con nuestras ferreterías tradicionales. Cuando entras en uno de ellos, lo primero que llama la atención es el impacto que produce ver todas esas cositas de ferretero colocadas como si estuviéramos en un supermercado. ¿Dónde está el aspecto de botica, sus cajones y sus habitáculos? ¡Pero si hasta ves a gente con carritos! ¿Qué será lo próximo? ¿Llevar al Pato Donald y a Pluto para animar el ambiente? Lo segundo, y no menos importante, es que nadie te humilla porque, sencillamente ¡nadie te atiende! Encontrar a un empleado al que preguntar por el pasillo donde esconden el material eléctrico es, la mayoría de las veces, imposible. Lo más curioso de todo es que si consigues que alguien te atienda, resulta que tienen menos idea aún que tú, y mira que es difícil.

Por eso, desde Loca Academia de Vaders queremos hacer un llamamiento: SALVEMOS A NUESTROS FERRETEROS. Evitemos que los supermercados del tornillo acaben con ellos. Queremos tiendas llevadas por profesionales, por personas apasionadas de su trabajo que puedan aconsejarnos e incluso, en el caso de los ferreteros, ordenarnos comprar una cosa determinada porque saben lo que nos conviene mejor que una madre. Ferreteros, no estáis solos. La Academia jamás consentirá que os extingáis y tomará medidas para que vuestra repoblación sea inminente.

En Loca Academia de Vaders somos así de chulos: ¿por qué íbamos a contar a primeros de año las cosas que ocurrieron el año anterior? Pues, para empezar, porque no somos tan pesados como los de la tele. Además, ¿qué sentido tendría para la Academia semejante vulgaridad? Por eso lo contaremos ahora; pero no nos centraremos en las noticias “importantes”, que eso ya lo hicieron otros. La Academia les recordará algunas cosas que ocurrieron en 2010 y que nadie ha vuelto a mencionar:

  • Se anuncia el cierre de El Bulli en febrero. Una semana después, se quema el Mugaritz, en San Sebastián, considerado el 4º mejor restaurante del mundo.

¿Esto es una cocina? Amosanda!!!

¿Pero qué cojones va a ser esto una cocina? ¡Por Dios!

 Mugaritz_quemao

¡Ah, bueno! Esto está mucho mejor. Si tenía perolas y todo (guardadas, eso sí)

Podemos decir que 2010 fue un año peculiar para la horda de cocineros superestrella, pues pocos meses después de lo del Mugaritz ¡va y se quema la cocina del hotel Ritz, en Madrid! Pero tanta desgracia junta acabó dándoles una alegría, ya que a primeros de 2011 falleció su archienemigo Santi Santamaría, el único cocinero con estrellas Michelín que tenía michelines, es decir, el único cocinero con estrellas Michelín que podía ser de fiar (¿desde cuando es normal que un cocinero no esté gordo?).

  • Marta Etura gana el goya a la mejor actriz de reparto por su intensísimo papel en Celda 211, donde aparece en una escena haciendo la compra y en otra tocándose la barriga. Como en todas las empresas: siempre se lleva los méritos el que menos hace.
  • Facebook se convierte en la última herramienta policial para detener etarras. En sus perfiles actuaban como cualquiera: eran forofos de la roja y no tenían ningún problema con exponer su vida diaria al resto del mundo. Probablemente se harían fotos poniendo cara de zorrita que se lo va a comer todo para que sus amiguitos pudieran verlas. Como cualquiera, vaya.
  • En Francia y España se difunde un video en el que aparecen cinco presuntos etarras haciendo la compra en un Carrefour francés. Resultan ser bomberos catalanes que estaban de vacaciones. ¡Pero por Dios! ¿Cómo es posible esa confusión? ¡Los bomberos suelen estar buenos! Además, ¿no se fijaron en que carecían del rasgo identificativo más característico, es decir, en ese flequillo tan… tan así?   
  • Ricky Martin reconoce públicamente su homosexualidad –quién lo iba a decir.
  • En París, un simpatizante de ETA se cae del Arco del Triunfo mientras intenta colgar una pancarta sobre la muerte de Jon Anza. El intrépido escalador, que cae desde una altura de 10 metros, resulta herido de gravedad, con lesiones severas en el cráneo y los tobillos. Rescate activistaPero vamos a ver… ahora los chavales se crían celebrando su cumpleaños en piscinas de bolas y juegan en parques cuyo suelo está recubierto de corcho. Este chico debería haberse puesto casco, rodilleras y coderas, que ya no estamos acostumbrados al salvajismo de antaño. Qué arco del triunfo ni qué niño muerto. Si lo hubiera hecho yo, que viví una infancia de ésas que teníamos antes, cuando nos dejaban hacer locuras como, por ejemplo, jugar por la calle ¡sin padres!, pues vale. Pero estas generaciones de ahora que no han visto una costra ni en fotos, ¿qué se creen? ¿que el suelo de verdad es también de corcho? Lo que hacíamos nosotros sí que era entrenamiento militar, y no esto. 
  • En abril se divulga un video de un tipo pegándole una paliza a otro en el metro de Madrid. Lo curioso del video es, una vez más, la reacción del resto de ocupantes del vagón, sin intención de intervenir e incluso apartándose. Vuelve a demostrarse que somos unos mierdas, por si no quedaba claro.
  • Muere Jordi Estadella. Sólo nos queda Mayra y tiene cáncer.
  • Detienen a Carlos Javier Rojas, cuyo nombre artístico es “El Hijo de Satán”, por estafar varios miles de euros a algunas personas con su actividad de santero. ¿Pero por qué él es un estafador y Rappel no? ¿y los de las cremas anticelulíticas, qué? ¿acaso no se dedican a lo mismo? Los estafados, en opinión de la Academia, forman parte de la selección natural de la especie; por tanto, este hombre simplemente debería darse de alta y pagar sus impuestos, como si se tratara de ROC.

4 PM hora imperial. Complejo residencial con intensísima vigilancia privada. Androides depredadores listos para atacar. Al fondo a la derecha, edificación palaciega: dependencias del Excelentísimo Ministro Secreto para el Control de la Población Civil en el Imperio. Saloncito del café. El Señor Ministro Secreto se dispone a degustar un café bien cargado servido por Ambrosio, su asistente personal, quien se ha tomado la libertad de ofrecerle también un Ferrero Rocher.

– Ambrosio, estoy desesperado. El Ministerio Secreto para el Control ya no funciona como antes y no se me ocurre qué podemos hacer.

– Señor, ¿acaso la población ha dejado de tener miedo? Recuerde los buenos resultados que le ha dado siempre introducir temores populares para prever y controlar todos los movimientos de la chusma.

– Claro, Ambrosio. El problema es que hemos llegado a una situación tan caótica que ni siquiera la religión nos sirve para infundir temores. ¡Estamos rodeados de hordas de descreídos! Prácticamente nadie teme ya por el futuro de su alma inmortal. Sólo utilizan sus creencias como excusa para celebraciones y fiestas. En el fondo siempre han sido unos vividores.

– Pero Señor… algo se podrá hacer, ¿no?

– No veo ninguna solución. Tenemos que renovarnos; abandonar el tema religioso e idear nuevas propuestas para que la población tema. Hay que innovar. ¡Necesito volver a hacerme con el control de las vidas de esos indeseables!

– Señor… además de lo del Ferrero Rocher, me he tomado la libertad de pensar en ello detenidamente. Últimamente lo he visto muy preocupado por la amenaza que supone para usted la falta de miedo en la población.

– ¿Y qué ha pensado, fiel Ambrosio?

– Le he comprado una máquina.

– ¿Una máquina? ¿Me está tomando el pelo? ¿De qué estupidez está hablando?

– Mire, aquí está. La han traído esta mañana del mismísimo Tatooine. Le explico: se trata del Acojonator 2.0, una máquina creada para fabricar ideas; ideas para que la población tema a cosas.

– ¿Cosas? ¿Qué cosas?

– Bueno, eso depende. Hay que configurar una serie de parámetros muy sencillos y ella se encarga de suministrar la idea más adecuada. Es lo último en el mundo del pánico colectivo.

– ¡Qué inventos! A ver… ¿cómo funciona exactamente?

Instrucciones

 

– Mire, es muy fácil: sólo hay que introducir papel en el área 1. Se cierra la máquina, se configuran los parámetros y el papel sale por la ranura 2 con la solución escrita en él.

– ¡No puede ser! Vamos a probar. A ver, alcánceme papel. ¡Rápido! Si esto funciona volveré a controlar a la población como en los mejores tiempos ¡muhahahaha!

– No se apresure, Señor. Hay que configurar los parámetros. Por ejemplo, aquí está la opción de introducir fecha actual. Es un parámetro muy simple, ¿ve? No hay por…

– ¡Silencio, Ambrosio! Ponga ahí 5 de diciembre de 1987.

– mic, mic, mic, mic, miiiiiic….

– ¡Ya sale el papel! ¡Veamos qué idea trae!

Ola de frio

– Señor, aquí pone “ola de frío”. Ya lo tiene.

– ¿Ola de frío? ¿Y eso qué quiere decir? Saque el papel por si trae alguna aclaración.

– Veamos… ¡mire! Parece ser que solamente habíamos visto el título. Por la cara trasera viene la idea desarrollada.

– ¡Traiga que lo lea!

<<Convierta el invierno en motivo de alarma cómodamente. Los días de frío, normales en esta época, pasarán a llamarse a partir de ahora “ola de frío polar” (también siberiano). Con la ayuda de los medios de comunicación, puede manipular los mapas del parte de El Tiempo y zonificarlos por colores, a los que denominará “alerta roja”, “alerta naranja” o “alerta amarilla”, dependiendo del nivel de alerta que le interese en cada momento. Le recomendamos utilizar también la “alerta por lluvias” para épocas lluviosas, siendo muy importante en este caso mencionar continuamente la cantidad de litros registrados por metro cuadrado, un dato que la mayoría de la población sólo podrá interpretar como algo catastrófico. Atención: es posible utilizar este tipo de alarma en época estival. Sólo debe sustituir la consigna “ola de frío polar” por “ola de calor africano” o “masa de aire sahariano”. Recuerde que es muy importante la labor de los medios de comunicación para difundir el mensaje entre la población paulatinamente. Sin ellos, esta consigna no tendrá el efecto deseado>>.

– Pero ¡Ambrosio! ¡Esto es absurdo! Por mucho que lo repitan en el telediario, ¿cómo va a considerarse noticia que haga frío el 5 de diciembre?

Frio en Navacerrada

– ¡Señor! ¡La máquina está parpadeando!

– Veamos. En la pantalla dice “inserte más papel”.

– A lo mejor ha obtenido más resultados con el parámetro que le dimos.

– ¡Cierto! ¡El 5 de diciembre! Pero ¿a qué espera para ponerle el papel?

La op.salida

– ¿Operación salida/retorno? Deme, deme, a ver qué explicación nos da.

<<Convierta a la población en esclava del asfalto durante los periodos vacacionales, puentes y fiestas de guardar. Alerte constantemente del peligro en las carreteras, sin omitir datos sobre el número de muertos y los millones de desplazamientos previstos, un dato que puede inventarse sobre la marcha ya que adivino, lo que se dice adivino, usted probablemente no sea. Mantenga a la población en un sinvivir, pendientes de los datos que les den para elegir cuándo salir. De esta forma, puede conseguir que salgan todos a la vez. Y si puede informar de alguna vía alternativa, tendrá el caos asegurado>>.

– Señor, esta consigna podría funcionar.

– No sé, Ambrosio, no sé. ¿Realmente cree que conseguiremos llamar su atención con esto?

Operacion salida

 

– Bueno, pues ya no pide más papel. Parece que habrá que introducir nuevos parámetros. ¡Sorpréndame, Ambrosio!

– Muy bien, Señor.

– mic, mic, mic, mic, miiiiiic….

Hábitos alimenticios

<<Consiga que la población tenga miedo de sus propios hábitos alimenticios. Difunda listados de alimentos supuestamente perjudiciales para la salud, asegurándose de que todos ellos cumplan los siguientes requisitos:

a) Que estén buenos.

b) Que sean asequibles para la chusma.

Le proporcionamos algunas posibilidades:

  • No hay que comer muchos huevos a la semana.
  • El aceite de este tipo es bueno/el aceite de este tipo es malo/el aceite de este tipo es bueno/el aceite de este tipo es malo – incertidumbre = éxito.
  • No hay que comer mucha carne, especialmente de cerdo. Puede utilizar algunas palabras clave: colesterol, triglicéridos, transaminasas.
  • Comer embutido es malo (excepto los ibéricos, a ser posible comprados en El Corte Inglés).
  • La leche sin desgrasar es mala. Puede alabar las bondades de cualquier leche que no sea la normal de toda la vida, aunque esté hecha de soja. Colará.
  • La sal es mala>>.

– ¡Pero qué máquina tan curiosa, Ambrosio! Creo que empiezo a verle alguna utilidad.

– Claro, Señor. El Acojonator 2.0 cuenta con todas las garantías.

– Creo que voy a probar yo ahora. A ver…

– mic, mic, mic, mic, miiiiiic….

Pandemias

<<Desde que se acabó con la peste ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Siembre el pánico colectivo alertando de vez en cuando de la aparición de una epidemia, pandemia, brote, etc, de alguna enfermedad que pueda ocasionar la muerte, aunque dicha epidemia no exista y sólo hayan aparecido muertes aisladas. Ejemplos que puede utilizar: meningitis, gripe A, gripe aviar, gripe porcina (la gripe es un valor seguro), vacas locas, anisakis, salmonela, legionela… La población no podrá reprocharle que se gaste cantidades ingentes de dinero imperial en la multinacional que le interese por la adquisición de vacunas o de cualquier fórmula de exterminio del brote >>>.

– Pero, Señor… ¿cómo va a sentir miedo la población ante pandemias ficticias? ¿no me comentó que se estaba planeando desde otro ministerio producir un cáncer en cada individuo en un futuro? Si el cáncer será una epidemia real, temerán a esto más que a una epidemia inventada, ¿no?

– No, Ambrosio, no. Al tema del cáncer inducido por nosotros mismos, nunca le daremos carácter de epidemia, aunque toda la población lo vaya a sufrir. Tendremos mucho cuidado para que las palabras cáncer y epidemia no se puedan relacionar. Además, estamos pensando en culpar absolutamente de todo a los fumadores. De esta forma, conseguiremos que la población se divida en fumadores/no fumadores y que se peleen entre ellos en vez de ir a por nosotros.

– Pero Señor, ahora mismo se fuma en todos sitios, igual que se ha hecho siempre desde que me alcanza la memoria, y el cáncer es una enfermedad poco habitual. ¿Cómo van a conseguir que, de repente, la gente culpe de todo al tabaco?

– No se preocupe por eso ahora, Ambrosio. Estamos trabajando en cómo irlo implantando poco a poco y, si lo hacemos bien, ellos no se darán ni cuenta. De momento, quédese con la idea de sembrar pánico con pandemias imaginarias. Seguro que funciona.

Gripe A

– Probemos otra vez el Acojonator, a ver qué pasa ahora:

Secuestro niños

<<Haga campaña para que la población crea que hay muchos malos por ahí deseando secuestrar a sus hijos. Los niños no volverán a salir solos de casa sin vigilancia paterna. Esta estrategia evitará que los niños evolucionen como cachorros de cualquier especie, es decir, relacionándose con otros cachorros y desarrollando el ingenio para evitar ser avistados cometiendo sus tradicionales fechorías infantiles. Fabrique desde la infancia una futura sociedad de inútiles sobreprotegidos a los que podrá manipular en la edad adulta sin el menor esfuerzo>>.

– Pero Señor… ¡esto no puede funcionar! Nadie creerá que hay tantos malos. Vivimos en uno de los imperios con el índice de delincuencia más bajo.

– Calle, Ambrosio, calle. Estoy pensando… ¡esta idea es genial! Si los niños van a ir siempre acompañados de sus padres y sus padres son los que llevan el dinero ¡podemos crear espacios donde estén dispuestos a gastárselo! Por ejemplo… superficies enormes vigiladas repletas de tiendas y restaurantes ¡mejor aún! Tiendas y restaurantes franquiciados de nuestras multinacionales favoritas, ésas que financiarán con sus anuncios los periódicos donde establecemos nuestras consignas del día a día. Solamente hay que dotar esas superficies de algún área infantil ridícula para que padres e hijos puedan pasar allí una tarde entera. Como los niños estarán sometidos a un montón de estímulos procedentes de las tiendas y restaurantes ¡los padres les comprarán prácticamente lo que les pidan! Es estupendo: el dinero se moverá donde nos convenga que se mueva ¡y no en esos comercios y bares de barrio que ni siquiera se anuncian!

– Bueno, bueno, usted sabrá… ¿vuelvo a darle a la máquina?

– ¡Por supuesto!

Crisis economica

 <<Fabrique una crisis económica y consiga que la gente repita la consigna “está todo muy mal”. Se trata de lograr que esta consigna la repita incluso la gente que no se haya visto afectada. Con la crisis evitará que los delincuentes vayan a la cárcel. Tranquilo: los ciudadanos normales no protestarán por ello, ya que creerán que están tan jodidos que tienen que tragar con lo que sea, incluso con sus trabajos de mierda>>.

– A esta idea habrá que darle una vuelta. No sé yo si podremos llegar a tanto.

– Señor, se me ha ocurrido… ¿y si probamos la máquina sin introducir ningún parámetro?

– Hombre… no creo que funcione bien, ¿no? Supongo que saldrá alguna idea absurda imposible de llevar a cabo. Pero por probar…

Volcanes

– ¿Ceniza de los volcanes con nombre impronunciable? ¡Este cacharro se ha vuelto loco!

Cenizas

– Ambrosio, después de probar el Acojonator 2.0 he llegado a una conclusión sobre el funcionamiento de este aparato.

– Dígame, Señor.

– El Acojonator 2.0 se basa en meter miedo con cosas irracionales, en vez de hacerlo con cosas espeluznantes como los zombis, la Tower Bridge de Londres / \ , Freddy Krueger, los caballos o los aviones de Ryanair, cosas, en definitiva, a las que una Vader teme.

Hoy en Retrovader descubriremos las peculiaridades de mi bisabuelo, un personaje célebre entre los miembros de la familia Jade y conocido por todos, independientemente del parentesco, por <<El Abuelo>>.

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<<El Abuelo>> murió joven; sólo tenía 8 años.

Esta afirmación habrá causado cierta extrañeza en el lector, pues o bien no procedería calificar como “abuelo” a una persona de tan corta edad, o bien –para los que ya se hayan tomado un par de cafés- sería imposible que yo estuviera hoy aquí si mi bisabuelo hubiera muerto antes de siquiera tener la opción de engendrar un hijo, concretamente, y por mi propio interés, a mi abuelo. Pero su muerte prematura es tan cierta como que alguien, momentos antes de darle sepultura, se aproximó al féretro y dijo percibir algo anómalo en el cadáver. Y anómalo tuvo que ser, desde luego, porque los asistentes al sepelio debieron quedar estupefactos ante el empañado milagroso del espejo que le colocaron frente a la nariz.

Supongo que este episodio que tanto me fascina explica, al menos en parte, mi admiración por Poe y mi obsesión por la catalepsia.

El caso es que con este precedente, <<El Abuelo>> sólo podía convertirse en una persona, digamos, peculiar.

<<El Abuelo>> se casó con <<La Abuela>>, una señorita con muy buena presencia y muy malas pulgas que procedía de una familia bien, tan arquetípica que guardaba en celoso secreto ciertos episodios poco decentes, alguno de los cuales, de no haber sido por su holgada situación económica, habría convertido a sus miembros en proscritos.

Y <<El Abuelo>>, que ya pecaba de mujeriego, debió calar pronto a <<La Abuela>>, así que dedicó su vida, consciente o inconscientemente, quién sabe, a incrementar esas malas pulgas de las que ella hacía alarde. Ya en el viaje de novios, en el primer trayecto en tren, al detenerse éste en una estación para recoger a otros viajeros, <<El Abuelo>> creyó ver en el andén a una de sus “queridas”. Ni corto ni perezoso se apeó para saludarla ante la mirada atónita de <<La Abuela>>, que esperó dentro del vagón. Pero <<El Abuelo>>, concentrado como estaba en sus cosas, ni siquiera se percató de que el tren reanudaba su marcha, así que <<La Abuela>> tuvo que continuar la luna de miel sola.

<<La Abuela>> era muy señorona y le gustaba hacer ostentación de la opulencia que la había abrigado en el seno materno. Nunca cocinó ni cosió. Ni siquiera fue una sola vez a lavar al río. Siempre tuvo cocinera, costurera y niñera en casa pero, por alguna misteriosa razón, enseguida las echaba a patadas. Eso sí, las reemplazaba por otras enseguida (para regocijo de <<El Abuelo>>), pues su obsesión por aparentar ante los demás era mucho más fuerte que esas pequeñas desavenencias conyugales.

Tan faldero era que se dedicaba a lo que todo buen faldero querría: comercial. Recorría los pueblos de la zona para vender el género y se hizo muy popular; tanto fue así que, cuando abandonó la trashumancia y abrió una tienda dotada de teléfono, sus propios hijos le cogían los recados de las señoritas forasteras que llamaban interesándose por él. Hoy corre la teoría familiar de que deberíamos evitar visitar ciertos lugares ante la posibilidad de ver algunos de nuestros rasgos entre sus habitantes.

<<El Abuelo>>, además de mujeriego, era muy despistado. Fumaba tabaco picado y se liaba los cigarrillos. Muchas veces, tras fumarse medio, lo apagaba y lo guardaba en el bolsillo para aprovecharlo más tarde (o lo escondía para que no le pillara <<La Abuela>>, claro). Siempre estaban mal apagados y sus bolsillos solían tener muchos agujeros. <<La Abuela>> se ponía de los nervios.

Tenía costumbre de echar su partida diaria en el casino. Su despiste era tal que siempre volvía a casa con el abrigo y la boina de otro señor, aunque le estuvieran pequeños. <<La Abuela>> no podía soportarlo.

Una vez se compró un coche pero, dadas sus distracciones, nadie con dos dedos de frente quería montar con él. Lo mejor que podía hacer ante este pánico infundado, era llevarse a su hijo pequeño (mi abuelo), que aún no era consciente del peligro. Pobrecillo: lo dejó olvidado en un pueblo y se marchó a casa. Desde entonces, también tuvieron chófer.

Para terminar, <<El Abuelo>> pagó caros sus despistes: murió atropellado por un coche cuando cruzaba la calle para ir al casino. Esta vez no hubo necesidad de colocarle un espejito frente a la nariz. Pero hay que ver el lado bueno: de no haber sucedido, lo habría acabado matando <<La Abuela>> y eso es algo que él tenía que evitar a toda costa, pues no podía darle ese gustazo.

Si algo ha marcado la infancia de la vader que suscribe, ha sido el incidente ocurrido con el Sueldo Nescafé. Sí, ya saben: esa promoción en la que, aún hoy, se supone que se sortea un sueldo mensual para toda la vida del agraciado.

Nescafe Logo 

Cuando este asunto empezó a obsesionarme, creo recordar que la cuantía del premio ascendía a 100.000 pesetas, una cifra nada desdeñable para un sueldo de la época y, lo más importante, una pasta gansa para una minivader de diez años.

En mi casa se gastaban muchos tarros de Nescafé y todos ellos acababan trágicamente en el cubo de la basura con sus etiquetas intactas. Sólo yo me daba cuenta de que estaban deshaciéndose también de una oportunidad única para dejar de trabajar ¿cómo era posible? Si yo fuera mis padres, me habría gastado la nómina íntegra en Nescafés para enviar el mayor número posible de etiquetas asegurándome, de esta manera, una probabilidad más que alta de ser la ganadora del sorteo, así que no podía entender nada. ¿Por qué ellos no lo hacían?

Tras llegar a la conclusión a la que todos llegamos en algún momento, es decir, que estaba siendo criada por unos gilipollas, decidí participar por mi cuenta. Ya por aquel entonces tenía la expectativa de no conocer nunca las virtudes del trabajo, incluso había pensado en lo que haría cuando dejara el cole, así que me lo tomé muy en serio y empecé a recopilar todas las etiquetas que pude. Como mi idea era mandarlas todas a la vez para impresionar a los señores de Nestlé, me di cuenta de que los tarros de mi casa eran insuficientes. Comenzó entonces una dura época de búsqueda diaria en la basura de mis vecinos y sí, en poco tiempo me hice con una colección asombrosa de etiquetas de Nescafé.

Entonces mandé las cartas sabiéndome ya ganadora. Abandoné el buzón de Correos sonriente y regresé a casa pensando en la vidorra que me esperaba sin dar un palo al agua pues, tal y como decían las bases de la promoción, este sueldo era PARA TODA LA VIDA. Un momento… ¿para TODA la vida? Pero entonces ellos… ¡horror! ¡ellos querrán que muera lo antes posible! Mierda… ¿y ahora qué? ¡van a matarme, seguro!

Llegué a casa.

– Mamá, esto… una pregunta… ¿alguna vez se ha sabido de alguien a quien le haya tocado el Sueldo Nescafé?

– Pues hija, que yo sepa no. Nunca he sabido de nadie, ni he visto a nadie decirlo por la tele ni nada de nada. ¿Por qué lo preguntas? :S

– Nooo, por naaaada (GLUPS)

Era ésta la prueba que necesitaba: no se conocía a nadie a quien le hubiera tocado, ¿por qué? ¡porque estaban todos muertos! Estaba clarísimo lo que hacía Nescafé: tenía a unos sicarios que se encargaban de matar a los agraciados. Como serían muy profesionales, siempre parecería muerte natural. Probablemente dejaban que disfrutaran de un par de mensualidades, tres a lo sumo, para no levantar sospechas y ¡zas! Si no hay vida, no hay sueldo. Nescafé ya no tiene ese gasto absurdo.

Si tenían que matar a alguien era a mí, ya que a una persona de 90 años a lo mejor la aguantaban hasta que muriera sola, pero yo… ¡yo sólo tenía 10! ¡y había mandado cartas por docenas! A partir de entonces empezó mi calvario: mirar debajo de la cama y dentro del armario se convirtió en un ritual diario junto con vigilar a todas las personas que me encontraba por la calle, buscar francotiradores y dejar de contestar al teléfono. Enseguida dejé de salir a jugar a la calle, claro, pero como me obligaban a ir al colegio, me pasaba la vida fingiendo enfermedades.

Afortunadamente pasó el tiempo y nunca me avisaron diciéndome que me había tocado el sorteo. Le tocaría a otro. Seguro que está muerto.

Aunque han pasado ya más de veinte años desde entonces, a veces sigo inquietándome cuando cruzo una esquina. Incluso me parece ver francotiradores acechando desde los tejados, pero sé que se me pasará. Por supuesto, las secuelas me han hecho desconfiar de este tipo de premios y, en alguna ocasión, pienso en la gente muerta por culpa de su ambición. No puedo evitar tener muy presentes a los sicarios de Nescafé cuando veo promociones de este tipo:

Toshiba

Si España gana, tendremos una masacre.

 

 

O esas cosas que hacía mi abuela y yo nunca veré

Cuando llegaba el invierno, y con él la matanza del cerdo, una práctica habitual en la carnicería que frecuentaba mi abuela era darle el aviso de vez en cuando:

– Oye, Isa, que esta tarde cocemos morcillas.

Entonces ella pasaba por casa y se hacía con un recipiente adecuado (por adecuado entendamos, sobre todo, VACÍO) que, momentos después, le dejaba al carnicero en una segunda visita.

Por la tarde el carnicero y su familia elaboraban las impresionantes morcillas de arroz que, afortunadamente, sí he podido engullir como una auténtica bestia, aunque reconozco que últimamente me están decepcionando un poco. El proceso siempre era el mismo: se hacía un sofrito con cebolla picada y manteca mientras el arroz, previamente cocido, se enfriaba. Cuando el sofrito estaba en su punto se añadía el arroz y, a continuación, los condimentos (sal, pimienta, clavo, cominos y, por supuesto, canela) y el ingrediente estrella, la sangre de cerdo batida con tropezones de pan.

MorcillasFinalizado este proceso se rellenaban las tripas, previamente cosidas por un extremo y cocidas en agua con sal. Una vez rellenas se ataban por el otro extremo, se pinchaban con una aguja y se iban echando en una caldera grande de cobre con agua hirviendo.

Durante la cocción era muy normal que un pequeño porcentaje de morcillas se rompiera. De no ser así,  una mano inocente se encargaba de sacrificar alguna.

El resultado tras haber sacado las morcillas era un caldo negruzco, con fuerte olor a especias y con mondongo en el fondo, es decir, con los restos de las morcillas rotas. A este caldo se le llamaba calducho, un nombre muy apropiado porque denota cutrez a más no poder, hecho que consigue captar mi atención e imaginarme un placer digno de dioses. Algunos cocineros deberían tomar nota y aprender a ponerle nombre a sus platos creaciones. Así evitarían que les quemáramos sus restaurantes.

A última hora de la tarde mi abuela volvía a pasar por la carnicería, donde le devolvían su recipiente –antes vacío- lleno de calducho. No lo cobraban. La entrega de calducho era un detalle que tenían con los clientes.

Y ahí iba ella, regresando a casa más feliz que una perdiz con la cena para todos.

Pero el calducho no se comía directamente; había que hacer las sopas de calducho. Para ello ponía el calducho al fuego, le echaba pan cortado en rebanadas finitas y lo dejaba cocer un rato.

sopa_calducho

Las sopas de calducho les gustaban a todos y eran recibidas entre vítores.

Curiosamente, solían tomarlo para cenar. Hoy sería una comida socialmente condenada por grasienta, indigesta y peligrosísima para la salud. Claro que hoy todo lo que no sea un Actimel y/o inventos de laboratorio 0%, sin, con y otras preposiciones que no quiero recordar, está socialmente condenado, especialmente entre un gran número de población carente de testículos. Eso sí, los controles sanitarios que, presumiblemente, pasan estos inventos de laboratorio y cualquier tipo de alimento susceptible de ser ingerido, nos aseguran unas digestiones superchupis. Gracias a ellos y a los intermediarios que tienen que chupar de la teta el calducho no puede coexistir con nosotros: quien proporcionara eso sería automáticamente aislado de nuestra sociedad por tentativa de genocidio.

Me han asegurado que las sopas de calducho me volverían loca. Me temo que seguiré cuerda.

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