Me avergüenza horrores reconocerlo públicamente, pero tengo que hacerlo: he estado colaborando sistemáticamente a enrarecer el aire puro de nuestros bares (ahora, por lo visto, son sus bares). Pero no crean ustedes que mi colaboración ha consistido en algo inocente e inocuo, no. Habría sido así si me hubiera dedicado a dar rienda suelta, por ejemplo, a mis flatulencias, pero lo que he hecho es demasiado grave: soltar humo de mi boca pestilente durante años.

Afortunadamente, este gobierno benévolo que vela por nuestra salud y la de los que nos rodean, me ha abierto los ojos (todos) y ahora me encuentro viviendo con un sentimiento de culpa tal que, por más que me esfuerce, no alcanzo a encontrar ninguna forma de quitármelo. Estoy usando un cilicio incandescente, pero nada es suficiente para aliviar el alma de esta pobre pecadora.

Penitente He aquí una imagen de mis lomos tras apagar sendos Ducados sobre ellos

Tampoco puedo evitar echar sobre mis hombros la culpa de generaciones de Garlands que, años atrás, pecaron incluso más que yo misma a lo largo de interminables partidas de mus, viviendo en un entorno viciado que, sin duda, propició las mutaciones genéticas que han dado lugar a nuestros legisladores actuales.

Lo siento, de corazón –ya sé que mi corazón no vale mucho, maltrecho como está por todo tipo de potenciales cardiopatías causadas por mi asqueroso vicio.

Por todo ello, intento expiar mi culpa haciendo el bien en los bares. Ahora soy guay. Me he convertido en “LA CLIENTA SUPERGUAY” poniendo en práctica las siguientes iniciativas que he decidido agrupar en LA GUÍA DEL CLIENTE SUPERGUAY:

  • Nunca voy a un bar en coche. Utilizo siempre transporte público.

Contaminacion Madrid Trafico mortal

  • Siempre que acudo a un bar llevo escote.
  • Cuando entro, digo buenos días, buenas tardes, o lo que se tercie. A los camareros, que también son personas, también los saludo.
  • Nunca me echo colonias repugnantes.
  • Nunca me dirijo al camarero tirándole besitos, chasqueando la lengua o los dedos o llamándole “niño” u “oye”.
  • Siempre pido las cosas “cuando puedas”, “por favor” y “gracias”.
  • Cuando hago pis, si salpico la taza la limpio luego.
  • Si estoy en una mesa, la recojo antes de irme, sobre todo si lo he llenado todo de servilletas de papel.
  • En invierno cierro la puerta cuando entro, sin fiarme de que se cierre sola. Lo hago incluso cuando salgo, que es más difícil acordarse.
  • Nunca llevo niños malcriados que se dedican a corretear alrededor de los clientes, con serio riesgo de golpear con sus pequeñas aunque duras cabecitas los genitales de cualquiera que, gracias a ellos, ya habría decidido no procrear jamás.
  • Si algún cliente decide darle un capón a un niño malcriado, le aplaudo. Si tiene que partirle la cabeza al padre, le ayudo.
  • Si detecto a alguien echando monedas en una máquina tragaperras, intento convencerlo de los peligros de la ludopatía.

maqtragaperras

  • Nunca pido café descafeinado de máquina, corto de café, con leche semidesnatada del tiempo, en vaso de tubo y con sacarina.
  • Si alguna clienta insolidaria deja su bolso enorme sobre la barra ocupando el espacio de dos clientes potenciales, se lo robo.
  • Intento reprimir el vómito cuando suena el Waka-Waka.
  • Cuando algún cliente se acerca a mí y me dice “¿has visto lo bien que se respira ahora?” intento no tirarme pedos, aunque, ahora que lo pienso, aún no se ha dado el caso.
  • Como eso de denunciar ahora es guay y yo soy guay también, cada vez que veo en el bar a un chavalín al que conozco, le cuento al día siguiente a su madre lo que estaba haciendo su hijo, sin omitir detalle. Por extensión, hago lo mismo con esposas, maridos, suegras y jefes.

Y, de momento, ésta es mi Guía del Cliente Superguay. Si ustedes consideran que debería contener otros aspectos que ayudaran a completarla, tendré muy en cuenta sus sugerencias.

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NOTA DE LA AUTORA: la mayoría de estos “mandamientos” ya los cumplía esta pobre inconsciente antes, incluso cuando se presentaba en forma de escoria, apestando con su humo el cálido ambiente tabernero.

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