Hoy en Retrovader descubriremos las peculiaridades de mi bisabuelo, un personaje célebre entre los miembros de la familia Jade y conocido por todos, independientemente del parentesco, por <<El Abuelo>>.

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<<El Abuelo>> murió joven; sólo tenía 8 años.

Esta afirmación habrá causado cierta extrañeza en el lector, pues o bien no procedería calificar como “abuelo” a una persona de tan corta edad, o bien –para los que ya se hayan tomado un par de cafés- sería imposible que yo estuviera hoy aquí si mi bisabuelo hubiera muerto antes de siquiera tener la opción de engendrar un hijo, concretamente, y por mi propio interés, a mi abuelo. Pero su muerte prematura es tan cierta como que alguien, momentos antes de darle sepultura, se aproximó al féretro y dijo percibir algo anómalo en el cadáver. Y anómalo tuvo que ser, desde luego, porque los asistentes al sepelio debieron quedar estupefactos ante el empañado milagroso del espejo que le colocaron frente a la nariz.

Supongo que este episodio que tanto me fascina explica, al menos en parte, mi admiración por Poe y mi obsesión por la catalepsia.

El caso es que con este precedente, <<El Abuelo>> sólo podía convertirse en una persona, digamos, peculiar.

<<El Abuelo>> se casó con <<La Abuela>>, una señorita con muy buena presencia y muy malas pulgas que procedía de una familia bien, tan arquetípica que guardaba en celoso secreto ciertos episodios poco decentes, alguno de los cuales, de no haber sido por su holgada situación económica, habría convertido a sus miembros en proscritos.

Y <<El Abuelo>>, que ya pecaba de mujeriego, debió calar pronto a <<La Abuela>>, así que dedicó su vida, consciente o inconscientemente, quién sabe, a incrementar esas malas pulgas de las que ella hacía alarde. Ya en el viaje de novios, en el primer trayecto en tren, al detenerse éste en una estación para recoger a otros viajeros, <<El Abuelo>> creyó ver en el andén a una de sus “queridas”. Ni corto ni perezoso se apeó para saludarla ante la mirada atónita de <<La Abuela>>, que esperó dentro del vagón. Pero <<El Abuelo>>, concentrado como estaba en sus cosas, ni siquiera se percató de que el tren reanudaba su marcha, así que <<La Abuela>> tuvo que continuar la luna de miel sola.

<<La Abuela>> era muy señorona y le gustaba hacer ostentación de la opulencia que la había abrigado en el seno materno. Nunca cocinó ni cosió. Ni siquiera fue una sola vez a lavar al río. Siempre tuvo cocinera, costurera y niñera en casa pero, por alguna misteriosa razón, enseguida las echaba a patadas. Eso sí, las reemplazaba por otras enseguida (para regocijo de <<El Abuelo>>), pues su obsesión por aparentar ante los demás era mucho más fuerte que esas pequeñas desavenencias conyugales.

Tan faldero era que se dedicaba a lo que todo buen faldero querría: comercial. Recorría los pueblos de la zona para vender el género y se hizo muy popular; tanto fue así que, cuando abandonó la trashumancia y abrió una tienda dotada de teléfono, sus propios hijos le cogían los recados de las señoritas forasteras que llamaban interesándose por él. Hoy corre la teoría familiar de que deberíamos evitar visitar ciertos lugares ante la posibilidad de ver algunos de nuestros rasgos entre sus habitantes.

<<El Abuelo>>, además de mujeriego, era muy despistado. Fumaba tabaco picado y se liaba los cigarrillos. Muchas veces, tras fumarse medio, lo apagaba y lo guardaba en el bolsillo para aprovecharlo más tarde (o lo escondía para que no le pillara <<La Abuela>>, claro). Siempre estaban mal apagados y sus bolsillos solían tener muchos agujeros. <<La Abuela>> se ponía de los nervios.

Tenía costumbre de echar su partida diaria en el casino. Su despiste era tal que siempre volvía a casa con el abrigo y la boina de otro señor, aunque le estuvieran pequeños. <<La Abuela>> no podía soportarlo.

Una vez se compró un coche pero, dadas sus distracciones, nadie con dos dedos de frente quería montar con él. Lo mejor que podía hacer ante este pánico infundado, era llevarse a su hijo pequeño (mi abuelo), que aún no era consciente del peligro. Pobrecillo: lo dejó olvidado en un pueblo y se marchó a casa. Desde entonces, también tuvieron chófer.

Para terminar, <<El Abuelo>> pagó caros sus despistes: murió atropellado por un coche cuando cruzaba la calle para ir al casino. Esta vez no hubo necesidad de colocarle un espejito frente a la nariz. Pero hay que ver el lado bueno: de no haber sucedido, lo habría acabado matando <<La Abuela>> y eso es algo que él tenía que evitar a toda costa, pues no podía darle ese gustazo.

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