Membrete

 

Muy Sres. míos:

Soy una pobre empleada pública a la que, como muy bien sabrán ustedes, le han bajado el sueldo un V%, lo que significa renunciar mensualmente a un café, un pincho de tortilla y un paquete de tabaco. No estoy dispuesta a verme privada de estos pequeños placeres, así que he decidido convertirme en pluriempleada. Por ello me he decidido a escribirles para ofrecerme como sujeto de experimentación a cambio de una remuneración adecuada, por ejemplo un cartón de Pall Mall y un mechero (no crean que me estoy excediendo, que sé que el mechero lo regalan. Nunca me ha llegado para comprarme un cartón, pero he visto que a la gente de pasta que compra cartones, les dan mecheros).

Mi interés como sujeto experimental es el siguiente: NO ME GUSTA LA COCA-COLA, ni siquiera con Don Simón.

No es por ideología, no vayan a pensar que soy jipi o perriflauta; de hecho no soporto a Bebe ni a Mari, la de Chambao; y muy a mi pesar, pues soy consciente de que tratan a patadas a la gente que trabaja con ellas, aunque eso lo hacen todos (mira si no Ana Belén), excepto ese blandito del Krahe, que hasta juega al ajedrez con ellos.

Así pues, mi rechazo a la Coca-Cola es meramente fisiológico y sé que, precisamente por ello, es raro (de ahí su mérito). Me considero una aberración estadística digna de estudio y eso tiene un precio.

Por ejemplo, sus equipos de psicólogos podrían estudiar los motivos que me llevan a considerar sus artimañas publicitarias cursilerías repugnantes, convirtiéndome de este modo en un ser inmune a sus tácticas mercadotécnicas, con esas canciones de catequista en celo tan babosas, que sólo les falta contratar a Rosana para que les anuncie su brebaje inmundo. Aunque eso sí, he de reconocer que sus anuncios me producen una sensación agridulce pues, aunque me den náuseas, es cierto que consiguieron acabar con los jipis.

Si no fuera por ustedes, a estas alturas estaríamos cagando flores y pariendo en el agua a lo vivo, sin epidural ni nada.

Por supuesto, si entre sus psicólogos tienen algún skinneriano, también pueden experimentar conmigo alguna terapia nazi conductista para intentar convencerme de que cambie de opinión.

Otra posibilidad sería que su equipo de descendientes de los Borgia químicos empleara esta peculiaridad de mis papilas gustativas como contraste para modificar paulatina y sutilmente su famosa fórmula secreta, consiguiendo así que su brebaje infernal acabe gustándole a la gente como yo que, aunque no lo crean, me consta que existen. Es que, de momento, lo único negro que puedo digerir es la morcilla de arroz.

Como ven, creo que soy un individuo suficientemente excepcional como para llamar su atención. De hecho, puedo decirles que como aberración estadística soy bastante completita, porque tampoco me gustan ni el fútbol ni el flamenco ni los tíos depilados ni los platos cuadrados, que son muy difíciles de estibar en el lavavajillas. La verdad es que tampoco me gusta Sabina, aunque reconozca en él a un gran hipalagero. Bueno, ahora que lo pienso, salvo la Mahou, el lechazo y las cubiteras con pinzas, no me gusta casi nada.

Eso sí, en el caso de que sus científicos quisieran emplear estas otras fobias mías para cruzar datos, les advierto que tendríamos que negociar una remuneración superior y más acorde a mis méritos. Me estoy refiriendo concretamente a: un cartón de Marlboro y 2 mecheros.

Dios Guarde a Usted Muchos Años.

Esta empleada pública que lo es,

Mara Jade Garland

 

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