Si algo ha marcado la infancia de la vader que suscribe, ha sido el incidente ocurrido con el Sueldo Nescafé. Sí, ya saben: esa promoción en la que, aún hoy, se supone que se sortea un sueldo mensual para toda la vida del agraciado.

Nescafe Logo 

Cuando este asunto empezó a obsesionarme, creo recordar que la cuantía del premio ascendía a 100.000 pesetas, una cifra nada desdeñable para un sueldo de la época y, lo más importante, una pasta gansa para una minivader de diez años.

En mi casa se gastaban muchos tarros de Nescafé y todos ellos acababan trágicamente en el cubo de la basura con sus etiquetas intactas. Sólo yo me daba cuenta de que estaban deshaciéndose también de una oportunidad única para dejar de trabajar ¿cómo era posible? Si yo fuera mis padres, me habría gastado la nómina íntegra en Nescafés para enviar el mayor número posible de etiquetas asegurándome, de esta manera, una probabilidad más que alta de ser la ganadora del sorteo, así que no podía entender nada. ¿Por qué ellos no lo hacían?

Tras llegar a la conclusión a la que todos llegamos en algún momento, es decir, que estaba siendo criada por unos gilipollas, decidí participar por mi cuenta. Ya por aquel entonces tenía la expectativa de no conocer nunca las virtudes del trabajo, incluso había pensado en lo que haría cuando dejara el cole, así que me lo tomé muy en serio y empecé a recopilar todas las etiquetas que pude. Como mi idea era mandarlas todas a la vez para impresionar a los señores de Nestlé, me di cuenta de que los tarros de mi casa eran insuficientes. Comenzó entonces una dura época de búsqueda diaria en la basura de mis vecinos y sí, en poco tiempo me hice con una colección asombrosa de etiquetas de Nescafé.

Entonces mandé las cartas sabiéndome ya ganadora. Abandoné el buzón de Correos sonriente y regresé a casa pensando en la vidorra que me esperaba sin dar un palo al agua pues, tal y como decían las bases de la promoción, este sueldo era PARA TODA LA VIDA. Un momento… ¿para TODA la vida? Pero entonces ellos… ¡horror! ¡ellos querrán que muera lo antes posible! Mierda… ¿y ahora qué? ¡van a matarme, seguro!

Llegué a casa.

– Mamá, esto… una pregunta… ¿alguna vez se ha sabido de alguien a quien le haya tocado el Sueldo Nescafé?

– Pues hija, que yo sepa no. Nunca he sabido de nadie, ni he visto a nadie decirlo por la tele ni nada de nada. ¿Por qué lo preguntas? :S

– Nooo, por naaaada (GLUPS)

Era ésta la prueba que necesitaba: no se conocía a nadie a quien le hubiera tocado, ¿por qué? ¡porque estaban todos muertos! Estaba clarísimo lo que hacía Nescafé: tenía a unos sicarios que se encargaban de matar a los agraciados. Como serían muy profesionales, siempre parecería muerte natural. Probablemente dejaban que disfrutaran de un par de mensualidades, tres a lo sumo, para no levantar sospechas y ¡zas! Si no hay vida, no hay sueldo. Nescafé ya no tiene ese gasto absurdo.

Si tenían que matar a alguien era a mí, ya que a una persona de 90 años a lo mejor la aguantaban hasta que muriera sola, pero yo… ¡yo sólo tenía 10! ¡y había mandado cartas por docenas! A partir de entonces empezó mi calvario: mirar debajo de la cama y dentro del armario se convirtió en un ritual diario junto con vigilar a todas las personas que me encontraba por la calle, buscar francotiradores y dejar de contestar al teléfono. Enseguida dejé de salir a jugar a la calle, claro, pero como me obligaban a ir al colegio, me pasaba la vida fingiendo enfermedades.

Afortunadamente pasó el tiempo y nunca me avisaron diciéndome que me había tocado el sorteo. Le tocaría a otro. Seguro que está muerto.

Aunque han pasado ya más de veinte años desde entonces, a veces sigo inquietándome cuando cruzo una esquina. Incluso me parece ver francotiradores acechando desde los tejados, pero sé que se me pasará. Por supuesto, las secuelas me han hecho desconfiar de este tipo de premios y, en alguna ocasión, pienso en la gente muerta por culpa de su ambición. No puedo evitar tener muy presentes a los sicarios de Nescafé cuando veo promociones de este tipo:

Toshiba

Si España gana, tendremos una masacre.

 

 

Anuncios