Hoy vamos a criticar una costumbre que se transmite de generación en generación sin que nadie, excepto los niños que la sufren en carne propia, se percate de ella. Se trata de la feísima manía de tratar a los hijos, especialmente si son lo suficientemente pequeños, como objetos en propiedad carentes de sentimientos distintos a los propios. Entre estos sentimientos destaca, sobre todo, el de la VERGÜENZA que, tal y como se desprende del comportamiento de las personas que han sufrido algún embarazo, no debe afectar a los más tiernos infantes, despojados del derecho a la intimidad por sus propios progenitores.

En este sentido debo relatar la experiencia que viví ayer en un autobús interurbano (ya saben, de esos que se dirigen a un pueblo concreto y que tienen la particularidad de que muchos de los pasajeros se conocen, aunque sea de vista), cuando una rubia de bote de cuarenta y tantos años decidió ocupar el asiento contiguo al mío. Armada con un teléfono móvil, consiguió que mi lectura fuera relegada a un segundo plano, pues los berridos que salían de la bocaza de la muy zorrrrrra maleducada se podían oír desde el asiento del conductor (y yo soy de sentarme por la parte trasera). Pero enseguida me alegré de no poder hacer otra cosa que escucharla, ya que la conversación resultó ser de lo más interesante:

Nada, nada, ya se lo han hecho. Sí, todo fenomenal, y mira que he estado nerviosa, oye, que llevo toda la mañana pensándolo. ¡Pero si hasta me he despertado esta noche histérica! y me he dicho “tengo que afrontar esto”. Se ha puesto al teléfono para hablar conmigo y me dice:   (atención, pongan aquí voz de monger o esto carecerá de sentido)

Mamá, ya me lo han hecho y no me ha dolido nada.

Es que lo he llevado al mejor, la verdad. Sí, con anestesia y todo; un tirón y ya está. La pediatra me dijo “eso no es nada; llévalo al urólogo de aquí”, pero yo pensé “es tan inhumano… así, en vivo…”

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Fíjate si es bueno, que me ha contado Álex (éste debe ser el padre, deduzco) que le ha dicho “a ver un momento, que tengo que ver cómo te han puesto la cremita papá y mamá”. Y nada, se ha acercado y le ha hecho ¡ras!, pero no de un tirón, sino despacito.

Verwenza Patología: llanto infantil por vergüenza

Vamos, que cuando se ha querido enterar ya lo tenía hecho.

Pues sí, los padres son gente cruel. No he podido evitar recordar algunos momentazos de la Sra. Garland en plena fase de avergonzamiento:

Pues mi Mara Jade ya es mujer, ¿sabes?

Mi Mara Jade ya va teniendo pelillos, ¿verdad, MJ?

Llanto Madre, cuando te pudras en un asilo lúgubre te preguntarás por qué

Por favor, señores que procrean: dejen estas prácticas ya. Intenten recordar sus propias humillaciones y no las repitan. No sean hijos de puta.

¿Y ustedes? ¿Con qué les han avergonzado sus padres delante de los demás?

 

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