Jueves, 9:00 AM.

Servidora acaba de tirar a la papelera el vasito de plástico aún caliente que, pocos minutos antes, contenía una cantidad decente de poción mágica revitalizante, totalmente necesaria para afrontar la mañana laboral.

Despierta y, en cierto modo, contenta por enfrentarme con el penúltimo día de la semana con el lustre y la lucidez propias del aspirante a ganador en el próximo concurso canino con pedigrí, comienzo a percibir los efectos secundarios de la poción mágica, hecho que me obliga a retrasar momentáneamente el inicio de mis actividades lúdico-laborales para dirigirme al cuarto de baño, lugar de escaqueo culto vader donde los haya.

El camino hasta allí es sencillo -recuerdo aliviada. El único elemento peligroso que podría entretenerme es la maldita fotocopiadora, ocupada normalmente a estas horas por sexagenarios que se disponen a ejecutar la tirada diaria de sudokus que, posteriormente, distribuyen entre ellos mismos.

Efectivamente, la fotocopiadora está funcionando a pleno rendimiento. Respiro hondo y, con paso firme, paso ante ella, miro a los sexagenarios, sonrío y pronuncio un buenos días meramente cortés. Lamentablemente una de estas individuas, ávida de pasatiempos japoneses y ajena a mi plan de no ser interceptada, por alguna extraña razón decide entablar conversación conmigo.

Sexagenaria: ¡Hala! ¡Cuántos bolsillos tienen tus pantalones!

MJ: Mmm… pues… sí, tienen bolsillos.

Sexa: Claro, así puedes guardar todas las cosas posibles.

MJ: Sí, supongo.

Sexa: Si yo fuera más joven también llevaría muchos bolsillos. Creo que incluso iría peor vestida que tú.

  

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