Hoy, día 1 d.L.V. (después de López Vázquez) -quien nos deja un panorama desolador en este nuestro cine, abandonándonos a la merced de niñatos afónicos y susurradores exentos de capacidad para desarrollar una vocalización creíble, y cuya máxima representación es ese engendro postmoderno y anoréxico de Juana Nimri, la antítesis de Gracita Morales- me dispongo a rendir un sentido homenaje a este hombre hablando de nuestros mayores, esos individuos que caminan despacito y tienen muy mala leche.

A la tercera edad le importa un pimiento la opinión que el resto del mundo pueda tener sobre ellos. Están de vuelta de todo y eso se nota, a veces demasiado. Si a una abuela le apetece pelarse una naranja en el autobús a las 7:30 de la mañana, se la pela. Si se la pela todo, más aún una naranja, sin que le importe una mierda que el ácido aroma cítrico penetre en la pituitaria de servidora con consecuencias devastadoras para toda la mañana. Y que se esté planteando prohibir subir al bus con mochila… estamos en un país de gilipollas.

La tercera edad es plenamente consciente de que tiene una serie de derechos adquiridos. Se han pasado toda la vida pagando impuestos para que ahora nosotros disfrutemos de ciertos privilegios; por eso, si les apetece conducir a 60 por el carril central de la autovía, lo hacen, que por algo es suya. Como si quieren ir por la izquierda. Se reprimen porque temen por su integridad física, ya que los demás circulamos como locos al doble de su velocidad. Otro factor que influye en esta decisión es la valiosa aportación de Manoli, copiloto de cardado morado que utiliza como sistema de seguridad anti golpes un bolso negro que sujeta con ambas manos firmemente sobre su pecho.

Estos derechos adquiridos les dan pie, también, a evitar esperar turno en algunos sitios. Utilizan las artimañas más  inverosímiles para chulear al primero que se les ponga a tiro. En LADV hemos elaborado un análisis comparativo entre varios establecimientos, llegando a la conclusión de que debemos reforzar nuestra atención para que no se nos cuelen en los siguientes (por orden de peligrosidad):

  • Nº1: Tiendas de alimentación.
  • Nº2: Administraciones de lotería (ganando cada vez más adeptos entre el Mundo Viejuno, cuidao)
  • Nº3: Bancos y Cajas de Ahorros (¿aho qué?)

No suelen generar polémica, ya que son unos auténticos maestros en el arte de colarse, pero algunas veces se pueden apreciar encontronazos de lo más barriobajero, especialmente ante una situación no prevista por ellos: dar con otro awelo en plena operación. En este caso, querido lector, lo mejor que puede hacer es huir lo más lejos posible. De no hacerlo correrá el riesgo de terminar siendo apaleado por ambos individuos, quienes aunarán la fuerza de sus bastones en contra de usted.

Otro tema aparte es el transporte público, y es que un individuo de estos armado con un abono transportes naranjita es un peligro para la sociedad. Aunque les sale barato, entienden que su deber es amortizarlo a toda costa; por ello se desviven dando varias vueltas en autobús, aun siendo hora punta (ellos suelen madrugar) y corriendo el riesgo de recibir empujones. En el trayecto suelen planear en qué mercado darán su próximo golpe revientacolas mientras ocupan los asientos, sólo por joder. No crean que exagero ¡en absoluto! Yo he visto cosas que vosotros nunca creeríais. He visto una horda de ancianos más allá de Orion pelearse en el bus por ocupar la zona destinada a minusválidos para, minutos después, ponerse de acuerdo para emprenderla contra un chaval cuyo único crimen era, precisamente, padecer una minusvalía que le obligaba a utilizar una silla de ruedas y, por tanto, ocupar el área destinada a tal efecto. He visto bastones golpeando la silla y al minusválido saliendo del bus en la siguiente parada, absolutamente acojonado, mientras los venerables ancianos le propinaban toda serie de insultos.

Podría seguir hasta el infinito, pero no me dejan escribir entradas demasiado largas. Además, me tengo que ir.

Total, que ya llevábamos tiempo sin cabinas.

😦

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