En mi afán de investigación para con nuestra querida Academia mantuve un conato de relación con un pijo Sith, aunque he de deciros que algo ha llovido desde entonces. He recordado que hoy es su cumpleaños y por ello me veo en la obligación de trasladaros mis valiosas, aunque afortunadamente escasas, vivencias al lado de ER (no confundir con AR).

Emulando al mismísimo Napoleón, ER intentaba disimular su falta de altura sacando pecho palomo y adoptando una actitud de superioridad de la que, evidentemente, carecía. A mi me venía bien, pues esta situación me permitía prescindir de mis tacones.

Su piso, un bajo exterior con terraza en una urbanización de semilujo en una zona pijales al norte de Madrid, estaba decorado con buen gusto, ajeno al mobiliario de Ikea y siempre impoluto. Lógico, pues ER tenía dinero de sobra para comer y cenar siempre fuera de casa, lo que permitía que la chica rumana a la que pagaba por limpiarlo no necesitara comprar KH-7 pues, exceptuando su cerebro, no había nada allí que desengrasar. Estoy convencida de que tanto su vitrocerámica como su campana extractora eran electrodomésticos vírgenes aún, ávidos de los salpicones de aceite que, algún día, habrían de llegar. Dudo horrores que ese día haya llegado.

ER hablaba constantemente de su vida que, básicamente, se reducía a lo guays que eran sus amigos, todos tan pijos, tan ricos, tan graciosos, tan ligones. Mi vida de mierda poco le importaba y apenas me dejaba meter baza. Es lógico teniendo en cuenta lo poco que yo, una pobre plebeya que prácticamente se encontró en la calle, tenía que ofrecer a un hombre como Él, a excepción de lo que tengo entre las piernas, claro está, ya que demostraba un interés enfermizo por ello.

A pesar de que ER tenía, entre otros coches, un BMW guardadico en el garaje, decidió comprarse otro. En un alarde de generosidad me invitó a ir con él a su pueblo para hacerle el rodaje al coche nuevo. Por supuesto accedí y le hice saber cuánto me agradaría que me dejara conducir un rato (si es que no me he visto en otra parecida en la vida, ¿qué queréis?). Dijo que sí, pero no me lo dejó. Durante el viaje, mientras esperaba ansiosa desde mi posición de copiloto a que me dejara probar el coche, empecé a percibir que Él no sólo me consideraba pobre como una rata (razón no le faltaba), sino que, además, daba por hecho que era una auténtica ignorante, y tampoco le quito la razón. Lo que me sacó de mis casillas fue que se creyera más listo que yo ¡un tío que, a pesar de tener dos carreras, usaba los puntos suspensivos como puntos y aparte! Deberíais leer sus mails, en serio. La pista me la dió la siguiente conversación:

ER: Ya verás cuando lleguemos a mi pueblo, o sea ¡te va a encantar! En las afueras hay una muralla, o sea, con una atalaya desde la que se ve toda la sierra.

MARA JADE: ¡Anda! ¡Qué chulo! (déjame conducir el BMW, cabrón)

ER: Esto…o sea, no sabes lo que es una atalaya ¿verdad?

No voy a transcribir aquí la serie de improperios que salieron de mi boca. Quizás por eso me quedé sin conducir, pero posteriormente me di cuenta de que fueron insuficientes, pues su actitud de macho alfa llevando las riendas no hizo más que empeorar.

No se conformó con abrirme toooooodas las puertas habidas y por haber, como si no sólo desconociera la existencia del término atalaya, que sólo por ver La Comunidad del Anillo ya me debería sonar, sino como si, además, tuviera alguna minusvalía en los brazos. No se conformó. Un pijo macho alfa siempre puede superarse. Por ejemplo chistando a los camareros desde todas las barras de bar en las que nos apoyamos y desde todas las mesas de terraza en las que nos sentamos.

– ¡Chsss, chsss! ¡Oye! ¡Chssss! – siempre acompañado de varios chasquidos de dedo junto a su pecho palomo hinchado.

Cuando se acercaban los camareros yo los miraba avergonzada poniendo ojitos de disculpa. Quería que la tierra me tragara.

– ¡Chsss! Otra cerveza para la señorita.

– Sí, pero cuando pueda, por favor, señor camarero.

Tuve que reconocer que tengo demasiados algunos amigos camareros, y que no soporto ciertos no modales de los clientes, especialmente esos.

Era evidente que no compartíamos la misma idea del concepto de galantería. En una ocasión nos pusieron como tapa (gratuíta y a elección del camarero) sendas alitas de pollo. Como no eran de su agrado chistó al camarero, quien acudió raudo a su reclamo para escuchar algo que, aún hoy, retumba en mis sensibles oídos:

– ¿Nos puede cambiar las alitas por otra cosa? Es que a la señorita no le gustan.

– ¡Sí me gustan! – los ojos se me salían de las órbitas – Mentiroso, no me eches la culpa a mi.

El camarero, flipado, me dedicó una sonrisa de complicidad.

Pero la mayor afrenta que me pudo hacer fue quitarme la comida. ¡Ja! ¡a mi!

Estábamos comiendo en la terraza de un bar. Había una sartén casi entera de huevos rotos. En los demás platos apenas quedaba algo. Llegó el camarero y preguntó que si podía retirar la comida ya. ER, a pesar de verme con el tenedor en la mano, teniendo los santos cojonazos de no consultarme, le dijo al camarero que sí. No me dio tiempo a protestar, pues tenía la boca llena. Sé que debí haber salido detrás del camarero tenedor en mano para pinchar en la sartén por última vez, pero me quedé tan alucinada que fui incapaz. Eso sí, en cuanto tragué la bola que se me había formado le pregunté a ER quién coño se había creído que era para decidir por mi. No pude evitar que me poseyera el espíritu del cachas de Aznar contra las campañas de la DGT.

Lo que más me molesta de todo esto es la gracia que le hacían estas reacciones mías ante su actitud dominante, que para él debía ser totalmente normal. Se descojonaba literalmente mientras me decía que nunca había conocido a una tía así. ¿No se daba cuenta de que yo no era pija como sus amigos? Además, y contra todo pronóstico, sabía perfectamente qué era una atalaya. ¿Nunca había conocido a una tía que lo supiera?

Desde entonces prácticamente no sabe nada de mi, pero hoy lo va a saber. Como dije antes, es su cumpleaños y le voy a esemesear felicitándole porque me obliga mi elegancia que, aunque es de pobres, es elegancia al fin y al cabo. Él no tiene ni idea de cuándo ha sido mi cumpleaños. No eran ese tipo de cosas las que le interesaban de mi.

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