Os contaré un secreto que, probablemente, haga que os dirijais apresurados a matricularos en nuestra academia: desde que estamos inmersas en el lado oscuro la suerte nos sonríe. Por supuesto nosotras le devolvemos la sonrisa. Ante cualquier contratiempo, por muy complicado que sea, salimos finalmente airosas. Todas las situaciones adversas son resueltas por las Vaders quienes, eufóricas ante sus logros, no pueden dejar de canturrear “We are the vaders, my friend” para nuestro regocijo, causando cierta vergüenza ajena a nuestros acompañantes. No entiendo sus quejas ni por qué se tapan las orejas, para mi que no tienen muy buen oído.

Sin embargo esta primera semana del año se nos está resistiendo, al menos a mi:

DÍA A: La escalera.

Me tropiezo en una escalera. Aparte del consiguiente culatazo, la hostieja carecería de interés si, tras levantarme como si tuviera un resorte metido en el culo, hubiera podido caminar como si tal cosa, al menos ésa fue la primera intención. Pero el hecho de que se me enganchara un zapato en la barandilla me lo impidió, más aún cuando el zapato, supongo que rebelándose ante tamañana contrariedad, decidió meterse en el hueco de la escalera descendiendo en caída libre hasta la planta baja, muy por debajo de mi. Ya había subido tres plantas y ahora debía bajármelas a la pata coja. Cada descansillo se convirtió en una obsesión por mirar hacia abajo por el hueco y poder comprobar así que mi zapato no había sido robado y, por tanto, mi descenso no sería en vano. Lo conseguí, aunque las pelusas y las telarañas se habían hecho amiguitas de mis manoletinas.

DÍA B: La paella.

Las paellas familiares en casa causan sensación, como los Ferrero Roché en el minipiso de nuestra Musa Vader. El otro día pudimos pudieron disfrutar de una de ellas por gentileza de la señora Garland quien, una vez más, decidió privarnos de platos en la mesa con la sana intención de que

paella-malditacomiéramos en la paellera, cada uno en el segmento paellil que le hubiera tocado en su sitio. Mirad, mirad, lectores ávidos de desgracias ajenas, cuál fue el segmento que me tocó en suerte.

Yo no pedí sentarme ahí, pero ahí llevo comiendo toda la vida. No hay arroz. No es justo. Sólo hay caldo, un calamar y un mejillón que fue objeto de controversia porque tampoco quedaba claro del todo si me correspondería a mi. Me siento timada, puto 2009.

DÍA C: La jodía Calle 30.

Mi cartero no me conoce, pero me consta que tiene cierta curiosidad. En este día C volvió a traer una carta certificada que, una vez más, tuvo que firmar la Señora Garland ante mi grito de ¡Noooo! ¡No quiero que me vea!.

Nuevamente se repitió la escena. La conversación entre el cartero y la Sra. Garland:

Traigo una carta certificada para tu hija, igual que la semana pasada.

– ¡Mara! ¡¡Maaaaraaaaaaaa!! Mmmm pues parece que no está.

– Fírmamela tú. Es otra multa, jejeje. Joder con tu hija ¿cuántas van ya?

– No lo sé, no lo sé ¿dónde firmo?

– Aquí. Joer a esta chica sólo le traigo multas y cajas de cosméticos ¿acaso es Vader? ¿cómo es ser una Vader? ¿qué se siente? Son tantas las cosas maravillosas que he oído sobre ello… ¿Por qué la multan tanto? ¿Es peligrosa?

– Ella dice que no tiene la culpa y algo de que algún día la justicia divina caerá sobre un tal Gallito o algo similar, no la entiendo muy bien, la verdad. Pero creo que no debe caerle muy bien (intuyo).

Pues sí: en 4 meses van 6 multas, todas ellas por los radares de la M-30 que ahora se llama Calle 30, lo que nos recuerda más a un garito que a una trampa mortal completamente incompatible con la 4ª marcha de mi vadercar. Y no valió despedir el año con una de ellas, no. Tenía que empezar el puto 2009 con otra ¿por qué no?.

Gallardón ¿qué más quieres de mi? Soy mileurista y Vader, no doy para más. Necesito mi pasta para mi, no para ti. ¿Y cómo la pagaré mañana? ¿qué cara me pondrá el tipo de Cajamadrid cuando acuda una vez más a pagar mi multa? Debo huir de él, igual que del cartero, y buscar otra sucursal. Si no lo hago correré el riesgo de ver a toda la plantilla de mi sucursal cuchichear “¡mirad, es ella! ¡es la chica de las multas y vuelve otra vez a nosotros! dicen que es Vader. Son tantas las cosas maravillosas que he oído sobre ello…”. Gallardón, escúchame atentamente porque tengo una oferta para ti. Ya no me queda más dinero, te lo estoy dando todo a ti y necesito ir a las rebajas. De aquí al verano te ofrezco tarifa plana en mamadas si no me pasas más multas. Necesito ahorrar algo de pasta. Piénsatelo, por favor.

DÍA D: El artilugio vader.

artilugio-vaderNo me digais que no os mola. Se trata de una especie de “taquilla” para dejar el paraguas. Tiene su llave y todo. Fui a un museo y, nada más entrar, lo vi. Había incluso gente dejando su paraguas con toda normalidad. Quise utilizarlo, necesitaba usarlo. Pero una vez más caí en la cuenta ¡si yo no uso paraguas! Mierda, mierda… ¿por qué yo? ¿por qué se me niegan las mejores cosas? Fue uno de los días más frustrantes de mi vida vader. Tuve que deambular por el museo sin lucir mi llave del paragüero, qué despropósito tan grande. Me sentía tan vacía, tan incompleta… si incluso había niños que llevaban llave. A partir de ahora haré lo posible por llevar siempre un paraguas conmigo. Quién sabe dónde más puedo encontrarme un paragüero de estos y quiero estar preparada para cuando llegue ese momento.

DÍA E: La vuelta al curro.

Sabía que este día llegaría, pero una nunca está suficientemente preparada para volver al curro después de las merecidas vacaciones. No bastaba con el inevitable madrugón para lucimiento de mis ojeras perennes, no. Tampoco con la ola de frío polar que nos azota, qué va. Lo que soporté fue peor, infinitamente peor. Concienciada como estaba con el tema de las cucharillas los palos en las máquinas expendedoras de café, me dirigí rauda a cazar algún incauto al que sensibilizar con este tema (y ya de paso que me dejara 30 céntimos para un café). Pero la máquina estaba desierta, no había nadie por allí a quien sablear, así que no tuve más remedio que sacar 30 céntimos de mi cartera. Introduje las monedas en la ranura y le di al botón “Café con leche”, pero de allí no salía nada. Volví a darle. Nada. Me empecé a contrariar ligeramente, motivo por el que la emprendí a puñetazos con la máquina. Pero nada, ni un ruido siquiera. ¿Patadas? Quizás así sepa quien manda. Pero no, no había nada que hacer. Entonces lo vi en todo el frontal: Café 35 céntimos. ¿Cómoooo? ¿Que han subido 5 céntimos la mierda de café de la máquina? ¿Estamos locos o qué? ¡5 céntimos son más de 8 pelas! ¡Y son palos! ¡Palos! ¡Palos! ¡Palos!

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