Sabía que llegaría este día y, por mucho que había intentado mentalizarme, no he estado preparada para soportarlo. Si amigos, si: hay gente que no quiere estar cerca de una Vader.

Ha ocurrido esta mañana en el trabajo. Me encontraba en la planta baja con dos integrantes del Consejo de Sabios esperando el ascensor que nos llevara la planta 3, en la cual trabajamos. Hemos subido al ascensor con total normalidad, pero éste ha parado en la planta 1. Al abrirse las puertas la hemos visto: era ella, la rubia que trabaja en la planta 5, esperando el ascensor.

– Sube, Mariconchi.

– No.

– Sube mujer, que hay sitio de sobra para tres personas más y tú sólo eres una.

– No, hasta luego.

Las puertas se han cerrado y hemos subido preguntándonos por qué no querría subir con nosotros; ¿falla el desodorante? ¿odia las multitudes? ¿nos odia? ¿nos teme?. El Sabio A. ha sugerido que seguramente la buena mujer no querría subir a su 5ª planta, sino bajar a la planta baja. Y aunque esta teoría nos convencía, una vez en nuestra planta nos hemos quedado en el descansillo mirando el ascensor, concretamente el display que indica si sube o baja y en qué planta se encuentra. Hemos visto cómo bajaba hasta la planta 1 y paraba allí, entendiendo que estaba respondiendo a la llamada de la mujer rubia.

– Veréis cómo ahora el ascensor baja a la planta baja -intentaba convencernos el Sabio A.

Pero no. El ascensor subía ante nuestra mirada atónita.

Entonces el Sabio A. lo ha hecho: ha llamado al ascensor en sentido ascendente para que parara ante nosotros y poder comprobar si la mujer rubia iba en él, prueba inequívoca de que nos habría esquivado.

Estábamos como pasmarotes ante el ascensor deseando que se abrieran las puertas cuando el compañero F. se ha unido a nosotros sin saber qué esperábamos.

– ¿Qué haceis ahí esperando todos el ascensor con esa cara de tontos?

– Calla, calla, que como se abran las puertas y haya dentro una señora rubia igual cobra, y no me estoy refiriendo a la paga extra de navidad precisamente -espetó el Sabio A.

En ese momento se han abierto las puertas y allí estaba: la señora rubia.

Nuestras caras de tontos no podían ser más lamentables. Bueno, en realidad sí podían. De hecho hubiéramos querido no estar alli cuando la señora rubia nos ha mirado asustada desde el interior del ascensor mientras el compañero F. exclamaba señalándola con el dedo:

– ¡Llevabais razón! ¡Una señora rubia! ¿Y por qué la vais a pegar?

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