21:30 h, buen momento para unas cañas antes de cenar.

Con las cañas sacan un platito que porta unos elementos rebozados, presumiblemente comestibles, que parecen ser piezas de algún tipo de pescado que nadie sabe reconocer. Lamentablemente esto no es el Ávila. La cuadrilla bebe tragos de cerveza mientras conversa sobre algún tema de profundidad incuestionable (tía tía, ¿sabes con quién está la Yoli?¿qué sombra realza más mis ojos, la violeta o la púrpura?vaya pintxo nos han puesto, con lo que engorda el rebozado¿cuándo vas a echarte un novio?). Alguna alguno de los integrantes, consciente de su limitada capacidad para intervenir en conversaciones de tan alto nivel (ni siquiera tiene una idea aproximada de quién puede ser la Yoli), se limita a escuchar mientras va cogiendo alguna que otra pieza de pescado y piensa “quizás teniendo la boca llena puedo obviar la última pregunta”.

Pero sólo quedaba una pieza de pescado. Debía metérselo en la boca antes de que requirieran mi su intervención en la conversación. Era mucho más grande que las que ya se había comido, mantendría su boca ocupada por más tiempo. Y cuando fue a echarle mano, el pintxo le transmitió una señal: esa noche no volvería sola a casa.

pintxo

No se comió el pintxo. Ése seguro que sí engordaba.

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