El viaje continuaba. Tras una breve despedida de sus, hasta la fecha, más pintorescas huéspedes, el personal del Parador vio marchar a nuestras tres amigas con un suspiro de alivio que acompañó al suyo de pesar. No obstante, una nueva esperanza florecía en sus jóvenes corazones: Ya eran Vaders, nada en su viaje podía salir mal.

Volvimos a hacer gala de toda la maña y destreza que nos caracteriza para conseguir encajar nuestras pertenencias y a nosotras mismas en el coche y que incluso nos quedara un resquicio para respirar.

Después de pasar varias veces ante la fachada de nuestro recóndito hostal, conseguimos dar con él. No es de extrañar, pues su fachada mediría aproximadamente metro y medio. Algo escamadas, entramos en la recepción donde nos recibió amablemente un joven, del que desconocemos su nombre, por lo que en adelante nos referiremos a él con el apelativo cariñoso de El Pajillero. Se le veía en la cara…   

El Pajillero nos hizo entrega de nuestra llave (que ocupaba prácticamente la mitad de nuestro bolso y a punto estuvo de causar alguna que otra desviación de columna) y nos invitó a tomar el espacioso ascensor para cuatro personas tamaño hobbit, en el que tuvimos que ir subiendo de una en una. Otra vez la planta 3, otra vez éramos 3… En aquel momento lo llamábamos de forma despectiva Pensión Loli, sin saber lo que lo añoraríamos en los días venideros. ¡Pero si tenía incluso WIFI gratuita! 

Una vez alojadas salimos de la habitación para hacer turismo exterior por la ciudad de cristal, en la que nadie es forastero. Prueba de ello es nuestro encuentro con Sor Cansina, una venerable monja anciana que a lo largo de más de 30 minutos nos entretuvo con sus amenas historias de antes de la guerra. O aquellos fornidos coruñeses a los que preguntamos cómo llegar a la plaza de María Pita, al verlos bajar de su BMW, escondiendo a nuestras espaldas el plano que llevábamos.

  

Después de subir a todos los autobuses, tranvías y demás transportes públicos que encontramos a nuestro paso y ver de punta a punta la ciudad, paramos a tomar el avituallamiento, esta vez sí, en un restaurante que cumplía nuestras expectativas culinarias como ex-clientas de Paradores. La comida fue magnífica, con el toque de modernidad y distinción que siempre nos acompaña.

 

 

 

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