Tan bien nos sentíamos que decidimos buscar la cafetería para poder degustar allí cualquier combinado que nos pudieran preparar, aun corriendo el riesgo de que ascendiera a la nada desdeñable cantidad de 3 euros. Y así fue, tal y como nos habíamos temido.

Pero qué importancia tiene el dinero en una terraza al aire libre en plena plaza del Obradoiro, con un sol de justicia, frente a la catedral y con el sonido de las gaitas de fondo.

Por la tarde recorrimos las calles de Santiago con un claro objetivo: encontrar Ruavieja de hierbas y tres vasos de chupito. Los vasos los conseguimos muy fácilmente, pero el Ruavieja se nos resistía. Vencimos esta pequeña adversidad dejándonos aconsejar por una amable tendera de un ultramarinos, quien nos vendió una botella de orujo casero por un módico precio. Raudas nos dirigimos hacia el parador con la intención de utilizar la nevera de nuestro minibar para enfriar vasos y bebida, no sin antes ocultar precavidamente la botella en una mochila que llevaba Mara Jade Garland. ¿Sería por el chándal, por las mochilas o por las zapatillas deportivas? Lo ignoramos, pero al pasar por recepción algunos empleados salieron a nuestro paso. Percibimos el miedo en sus miradas y, con un temblor de voz que denotaba auténtico pavor, osaron preguntarnos adónde íbamos. Con la amabilidad que nos caracteriza les contestamos que estábamos alojadas en la habitación 317. Puede que seamos pobres, si. Pero eso no quita que seamos educadas. Ni siquiera fruncimos el ceño cuando observamos cómo los clientes extranjeros, sobre todo orientales, se paseaban tranquilamente por la recepción sin ser abordados por empleados histéricos que cuestionasen su calidad de alojados.

Esta anécdota nos llamó mucho la atención por lo inesperada, por la vergüenza que pasamos al ver al resto de clientes mirándonos y, sobre todo, por lo injusta, pues previamente nos habíamos preparado a conciencia para poder pasar desapercibidas entre todos los vader del parador: habíamos adherido a nuestras ropas las pegatinas con las “P” que nos habían dejado en todos los artículos de baño, entendiendo que era necesario llevarlas para podernos distinguir como “pijas”. Sin embargo la “P” no consiguió engañarlos: necesitaban más pruebas.

Aunque dimos varias vueltas laberínticas debido a la confusión que el lujo nos producía, conseguimos llegar a la habitación. Vaciamos el minibar y dejamos enfriándose el orujo y los vasos.

Tras asearnos en tan majestuoso baño, probablemente sin valorar la importancia del agua caliente que posteriormente añoraríamos tanto, salimos a buscar un sitio en el que cenar. Lo encontramos y fue simplemente perfecto. Regamos las ricas viandas con una botella de albariño, como no podía ser de otra manera. Estaba tan fresquito y entraba tan bien que cuando quisimos darnos cuenta ya nos la habíamos bebido. Antes de irnos pedimos los postres: tarta de santiago y tarta de queso, espectacular ésta última.

Ya con la panza llena y a sabiendas de que había pasado suficiente tiempo para que se enfriara el orujo, volvimos a la habitación para hacer nuestro particular botellón.

Una vez animadas nos dirigimos a la Casa das Crechas, un local al que os recomendamos acudir la próxima vez que visiteis Santiago. Se encuentra detrás de la catedral, cerca de la plaza de la Casa de la Parra. Consta de planta baja, donde puedes tomar desde el aperitivo del mediodía hasta las copas nocturnas,  y de planta sótano, donde se celebran pequeños conciertos de música folk celta.

Allí habíamos quedado con Xose, amable lugareño y mejor amigo, a quien nunca agradeceremos suficiente habernos enseñado este sitio en el que tanto disfrutamos y que nos permitió descansar un rato de la presión del lado oscuro.

Se hacía tarde y nos veíamos en la obligación de disfrutar un poco del lujo que el parador ponía a nuestro alcance. No fuimos capaces de despedirnos de Xose. Fue nuestra afamada generosidad la que habló por boca de las tres y le ofreció pasar la noche en nuestra habitación. Era tal el gozo que nos producía vernos rodeadas de tanta magnificencia que nos vimos en la obligación de compartir nuestra dicha. No obstante, el peligro se cernía sobre nosotros: imposible subir cuatro personas a una habitación triple. Tuvimos que hacerlo en dos tandas: Sus y Mara Jade primero y, una hora después, Zam Wesell y Xose.

Con mucho pesar por nuestra parte, la noche había pasado y la cruda realidad volvía a nuestras vidas.  No queríamos ni pensarlo, pero teníamos la siguiente noche reservada en un hostal de La Coruña, algo que ya considerábamos inferior para nuestra posición social de vaderpijas que habían dormido en el Parador de Santiago. Ahora conocíamos lo que era la vida de lujo y esplendor  y  no teníamos ninguna intención de abandonarla. Pero tocaba recoger maletas y abandonar para siempre ese mundo que ya sentíamos como nuestro.

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