Proseguimos con nuestro viaje al Lado Oscuro. En esta nueva entrega podreis aprender cosas que os encontrareis en un alojamiento catalogado como GL (Gran Lujo – no se han comido mucho la cabeza, la verdad) y cómo no debeis comportaros aún siendo mileuristas y tener previsto ir de acampada y comer de latas.

Éramos tres y nos alojaron en la planta 3, habitación 317. Todo cuadraba, sería una estancia maravillosa. El botones nos acompañó cargando amablemente nuestro equipaje, caminando sobre las kilométricas alfombras que vestían los pasillos lujosos, sin dudar ni una sola vez ante las bifurcaciones que se presentaban a nuestro paso. Es meritorio el trabajo de este hombre: llevarnos a nuestros aposentos por el camino más corto, tarea que posteriormente nos fue imposible repetir. Ninguna de las veces llegamos a la habitación por el mismo sitio, lo cual nos permitió disfrutar de otra forma de turismo: turismo interior.

Una vez en la habitación el botones dejó el equipaje. Ante la falta de costumbre y lo impresionadas que estábamos ante el lujo que nos rodeaba, se marchó sin recibir propina alguna. Posteriormente, tal vez buscando sentirnos menos culpables, llegamos a la conclusión de que probablemente este hombre disfrutaría de un salario mejor que el nuestro. Además pensamos en el sobresueldo que se sacaría con las propinas que los verdaderos clientes le darían y que nosotras, exceptuando las veces que nos daban por culo, nunca habíamos recibido nada extra en nuestros trabajos de mi… de mileurista.

Sin mediar palabra, y apenas sin mirarnos, procedimos a inmortalizar con nuestras cámaras de fotos cada detalle lujoso con el que contaba la habitación:

Perchas forradas de terciopelo, butaca de lectura, doseles colgantes sobre las camas, multibotes en el baño, papel higiénico precintado con una “P” (suponemos que querría decir “papel”, para que no hubiera ninguna duda), minibar de maderas nobles… todo lujo y esplendor.

Sin más dilación, armadas de un plano que conseguimos en recepción, procedimos a recorrer las majestuosas zonas comunes de tan insigne fonda:

pasillos, claustros interiores ajardinados, salones acogedores que quisimos convertir en nuestro hogar….

Todo lo tocábamos, todo lo disfrutábamos.

Efectivamente el lado oscuro nos había encontrado: ése debía ser nuestro hogar.

En la próxima entrega podremos ver cómo nuestras tres amigas protagonistas, creyéndose ya parte del lado oscuro, deciden acudir a la cafetería a saciar su sed como si de una de las tascas que suelen frecuentar se tratara, campando a sus anchas por las dependencias del parador e intentando pasar desapercibidas entre todos los vaders allí alojados.

 

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