A pesar de que nuestro destino de vacaciones era el Festival de Música Celta de Ortigueira (A Coruña), donde nos esperaba la zona de acampada en un bosque junto a la playa y donde tendríamos que compartir la ducha (eso en el mejor de los casos),  la  Fuerza quiso llevarnos dos días antes a un lugar antagónico.

Sin lugar a dudas, el 8 de Julio de 2008 fue el punto de inflexión de nuestras vidas. Dejaríamos para siempre la Alianza Rebelde para pasar al Lado Oscuro. Nuestra llegada al Parador de Santiago, Marina d’Or real en sus tiempos, nos hizo pensar que encadenarnos a los brazos de una de las numerosas butacas que adornan los interminables pasillos con vistas a los claustros, haría posible que encontráramos por fin la vida digna que merecemos.

 

Nuestra llegada pareció no estar prevista por el personal empleado en el parador. Posiblemente nadie les alertó de que, a pesar de ganarse la vida trabajando en el hotel más antiguo del mundo, una buena mañana pararía ante su majestuosa fachada un SEAT León amarillo pollo tuneado y que de él se apearían tres mozas lozanas con la osada idea de alojarse en él.

Quizás por ello ninguno de los simpáticos botones y aparcacoches que flanqueaban la puerta de acceso movió un solo músculo cuando  Zam Wesell Minelli intentó sacar su bolsa de deportes descosida del maletero del coche. En su inconsciente intuían que aquellas personas no podrían ser clientes suyos: eran carne de pensión barata de carretera; eso en el mejor de los casos.

Finalmente, y ante el fundadísimo temor de ser despedido, uno de los botones, maldiciendo la globalización y la mezcla de clases sociales, se acercó al SEAT León tuneado y preguntó si íbamos a alojarnos en el parador, probablemente esperanzado de que nos hubiéramos perdido. Su sorpresa fue mayúscula cuando con total naturalidad asentimos y, además, sacamos la maleta de Mara Jade Garland comprada en los chinos que hay cerca de su trabajo el día anterior. Tuvimos a bien dejar las tiendas de campaña y los sacos de dormir en el maletero, no ya por ahorrarle trabajo al buen hombre, sino por respeto ante el desprestigio que tan ilustre institución tendría que soportar.

Aún no habíamos sucumbido al lado oscuro. Pero intuíamos que nuestra apariencia de mercadillo debería transformarse si pretendíamos ser lo que hoy somos: Vaderpijas.

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